Los espacios audibles

En la arquitectura la voz de un edificio es producto de la composición, el orden y la figura de sus muros, la atmósfera que lo envuelve y las formas de vida que contiene. Cada recoveco suyo se expresa a través del encuentro entre muebles y utensilios, del desplazamiento y el murmullo de quienes lo habitamos. Es una criatura que ponemos a hablar con nuestras prácticas diarias. ¿Qué sería de una cocina sin el canto de los platos, las cucharas y las tazas? ¿O de una biblioteca sin los susurros y el violento trashojar de los libros: sin su aspiración frustrada de silencio?

El edificio donde vivo en la Ciudad de México es una estructura de los años cuarenta. En su interior anida a solteros y matrimonios jóvenes cuyo andar nocturno, siempre ruidoso, revela horarios de trabajo, pasatiempos y hábitos alimentarios. Por las mañanas su voz anárquica viene de fuera.

Temprano puede oírse el golpeteo de los albañiles y el rechinar de sus máquinas; se escuchan, también, los gritos de los manifestantes en Paseo de la Reforma y helicópteros al acecho; cláxones compitiendo con el gorjeo de los pájaros y el indescriptible alarido de organilleros esporádicos. En ocasiones los sonidos atraviesan la ventana traducidos en una exhalación, un bostezo o una carcajada; puede imaginarse a la mole setentona aprovechando la ausencia de sus inquilinos para retorcerse y luego incorporarse con gemidos liberadores. Hay arquitecturas ventrílocuas.

En cambio, una biblioteca, un recinto plantado a media arboleda, una capilla, una sala de conciertos… parecen lugares en los que el sonido prevalece como cualidad arquitectónica; su diseño se fundamentó para favorecer determinados ruidos y silencios, y con ellos, estados del cuerpo. A continuación, algunos ejemplos fascinantes.

Vacío circular

A medio camino entre la escultura y la obra arquitectónica, entre Ameca y Talpa de Allende, Jalisco, se encuentra Vacío Circular. Forma parte de los ocho hitos construidos para los peregrinos que año con año visitan a la Virgen del Rosario. La pieza de cuarenta metros de diámetro contiene una porción de árboles dentro de un bosque de coníferas. Su circunferencia de concreto blanco nos plantea la posibilidad de volver el macrocosmos asequible mediante la delimitación de un microcosmos que se eleva como ermita para contemplar el espacio: un paréntesis durante el trayecto: un silencio.

 

Texto: Debra Figueroa

Fotos: cortesía

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