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Casa Xólotl: Alejandra Molina Gual

México DESIGN / Edición 48

“Imaginarios del futuro”

 

Estos días estuve haciendo una inmersión en algunos proyectos de Alejandra Molina, para poder platicar con ella y conocer a mayor profundidad la labor que ha hecho con Punto Arquitectónico. Además de los merecidos premios y reconocimientos —Iconos del Diseño 2016 de Architectural Digest, el Premio de Interiorismo Mexicano PRISMA en 2017 y 2018, entre otros—, llamó mi atención la manera en que varios conceptos aparecen casi de forma instantánea al pensar en su trabajo: flexibilidad, dinamismo, transparencia, naturaleza.

 

 

Siempre he creído que hay primeras impresiones (algunas desde la infancia) que poco a poco van definiendo nuestro camino y ruta profesional. Invito a Alejandra Molina a que me cuente alguna anécdota, la más remota, en la que la arquitectura se haya hecho presente. Ella dice: “No recuerdo el momento preciso en que la palabra llegó a mi mente, lo que sí recuerdo es que desde pequeña disfrutaba mucho los jardines con árboles grandes y los patios interiores en las casas del centro de la ciudad, algunas bodegas o espacios encerrados de las casas antiguas que estimulan la imaginación”. Pienso en la disposición espacial, la alternancia de usos que permea un gran número de sus diseños, y traigo a mi memoria “la casita” que de niños alguna vez armamos y habitamos, donde elementos simples como el reacomodo de un mueble permitían hacer del espacio, otro: el nuestro.

 

 

¿Por qué arquitectura? Alejandra responde: “La creación es algo muy enriquecedor. No hay límites ni recetas, puedes explorar por tantos caminos y llegar a soluciones diferentes… es lo que más me gusta. El espacio es un lienzo donde se materializan las ideas. Flexible, con potencial infinito, cada decisión tomada dentro del mismo genera un camino y nos conduce a un resultado integral”. Pregunto: ¿La arquitectura se habita o se vive?, y su réplica es tan bella como aguda. “Me gusta más vivirla. Tiene mayor vínculo con la parte emocional. Habitarla es un fragmento del concepto vivir”.

 

 

Desde el aprovechamiento de un lugar pequeño y la experimentación en un gran espacio residencial, hasta las complejidades técnicas que precisa el campus de la UNAM en Sierra Papacal, Yucatán, para Alejandra Molina la arquitectura consiste también en activar los sentidos. “Pienso en la emoción que quiero que sienta la persona en el espacio diseñado, desde la escala más chica a la más grande. Cada espacio debe transmitir experiencias emocionales, generar un recuerdo, sorprender de manera sutil o directa”.

 

 

Es justo bajo estas y otras premisas que Punto Arquitectónico surgió, un proyecto que inició en el comedor de un departamento hace más de diez años cuando ella, Israel (y entonces Tatiana) decidieron responder a la pregunta “¿ahora qué sigue?”; la respuesta, empírica: enfrentarse a nuevos retos, mudanzas y cambios, hasta lograr establecer un espacio físico para la firma. ¿Cómo ha sido trabajar en equipo? “Enriquecedor. En lo creativo todos aportan por igual, todas las ideas son importantes, pero como si se tratara de selección natural: las más fuertes son las que sobreviven. La personalidad de cada miembro del equipo se imprime en los proyectos en los que participa”.

 

 

Más allá del éxito y la juventud que representa Alejandra, no deja de sorprenderme su sencillez: “Siempre es un halago recibir un premio, pero es más importante cuando el cliente después de algunos años te dice que ama vivir en su casa, que es perfecta para su familia. Cuando un proyecto de gastronomía hospitalaria es un éxito, es sostenible. Ver materializado un proyecto es una experiencia maravillosa”.

Por último, la invito a hacer una recomendación para las generaciones que vienen, y a las que les tocará indudablemente plantearse esa pregunta del “¿ahora qué sigue?”. Alejandra responde: “Hagan lo que más les apasiona. ¡Hay tantas ramas en la arquitectura por abarcar! Busquen donde se sientan felices, qué pueden aportar para hacer un cambio al país y al mundo. No hay ideas chicas” y es a través de sus palabras que se puede adivinar la emoción con que las dice. “No hay ideas chicas” resuena todavía.

Texto: Del-Ha López

Fotos: Tamara Uribe

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